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Oct. 9th, 2009

sin saber la razón.


cosas extrañas  suceden en condiciones       
                           extraordinarias.

 

Sep. 23rd, 2009

La Noche.


Hoy llovió el cielo sus amores.
El café despide su calor, su amarga intención de mantener mis párpados abiertos.
Me pregunto si deberías o no estar en mí ahora. Tu sonrisa regresa sin haber sido llamada, me pregunto la razón.
Mientras las voces caen del cielo & golpean mi cabeza, golpean mi cuerpo.

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Sep. 13th, 2009

Gabrielle V

Final.

Una mañana como cualquiera, Gabrielle servía humeantes tazas de café, alguien veía las noticias matutinas y unos minutos después, en la parte de las noticias menos relevantes, la favorita de Gabrielle, otra mesera comentó qué cruel debía parecer el mundo para terminar ahorcándose con la cuerda de un columpio. La taza de café que Gabrielle sostenía cayó de su mano, temblando hasta hacerse añicos en el piso, salpicando cada gota caliente en su vestido. Todo lo vio tan lento, como si estuviera a punto de morir. Pero la cruel vida la trajo de regreso y la obligó a mirar el televisor. No lo había oído palabra por palabra, pero ella lo sabía. Sabía que el conductor en seguida explicaría cómo Mathew Paddock, un hombre inglés, de dos años exactos mayor que ella, había decidido irse del mundo en el que su cuerpo vivía. Gabrielle ni siquiera se molestó en contener el desesperado llanto. No le importó gritarle al vacío, reclamarle su desesperación, su falta de esperanza, “¿por qué no buscaste más?”, ella lo había hecho y estaba dispuesta a vivir esperando, se preguntó por qué había sido tan egoísta para marcharse sin ella, sin haber podido besarla, ni tocar su mejilla sonrojada por verlo. Y siguió gritando, por eso no escuchó cuando el conductor de noticias comentó que Mathew Paddock cargaba una nota en su bolsillo al morir. El pedazo de papel que mostraba escrito con prisa, casi garabateado: Gabrielle. Ella no pudo imaginar otra cosa que su propia vida desvaneciendo, maldiciendo su sueño, la fantasía que le había robado la mitad de su vida, si no lo hubiera conocido tal vez tendría algo por qué vivir ahora, algo qué buscar. Maldijo al destino, por haber jugado con ella. En eso se invadió mientras un alma perdida la miraba desde la ventana, escondido, notando que los pensamientos de Gabrielle estaban en todas partes excepto donde ella lloraba.  

FIN.

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Gabrielle IV

Parte IV

La búsqueda no fue fácil y después de nueve días encontró el orfanato. Fue una ironía al ver aquel edificio cayendo a pedazos y que su alma se iluminara y le diera una esperanza. Duró otros tres días y sus interminables noches indagando los archivos más perdidos y desordenados del asilo. Apenas pudo leer su nombre cuando apareció frente a ella en una hoja sucia, casi descompuesta y devorada por las termitas, pero ahí estaba, esperando ser leído para poder deshacerse en paz. Mathew Paddock, de padres ingleses, muertos en una explosión. Alguien, aparentemente una mujer, fue un día y se lo llevó sin que nadie se lo prohibiera. La anciana del lugar mencionó no recordar los nombres, pero sí todas las caras y lugares. Fue así como continuó la búsqueda de Gabrielle en un modesto barrio de París, buscando una mujer de cabello rojizo y que parecía tener mil espíritus dentro de ella.

Cincuenta y tres casas visitó hasta encontrarla, sólo para recibir una taza de café y una disimulada negativa. La pelirroja había criado a Mathew de bebé, pero su hermana se lo adueñó y lo llevó a ver las maravillas del mundo. Desde entonces, nunca lo volvió a ver, y lo único que sabía de él eran algunas postales navideñas. Por lo que Gabrielle tuvo que leer, revisar y hasta clasificar imágenes de los toros españoles, pirámides perdidas en el calor, montañas nevadas y playas escondidas en islas. Cada palabra contaba y cualquiera podía ser vital. No pasó mucho hasta encontrar una vaga mención tan escondida que no parecía real. Una casa azul en la orilla del mar, en algún rincón perdido de un país cuyo nombre no es familiar excepto para sus habitantes.

Después de revisar sus cortos bolsillos, Gabrielle miró el brillante índigo de una pequeña casa, que hacía querer retratar la imagen, el momento. Pero al no recibir respuesta después de varios golpes, el impulso se convirtió en el torrente de lágrimas que creyó por un momento la mataría. No entendió el motivo de su desilusión, al saber perfectamente que ni siquiera sabía a quién estaba buscando. Aquella luz antes escondida en su cabeza ahora abarcaba media alma, y a cada paso que buscaba a Mathew Paddock, la llama avanzaba más lejos. Eso la hacía deshacerse al encontrar un muro, una pared azul que le impedía la paz que tanto anhelaba, que sólo conseguiría si encontraba a aquél hombre que rondaba sus sueños todas las noches. La rendición apenas se asomó en ella, pero la borró al confirmar ciegamente que ese hombre soñado seguía en alguna parte, tal vez esperándola, como lo estaba su nombre en aquella hoja. Necesitaba continuar, su propio sentido no la dejaría vivir en arreglo hasta saber qué era de Mathew. Decidió no renunciar.

Cuando su mente volvió a respirar la sal que la ahogaba dulcemente, se levantó y regresó al pueblo más cercano, la muestra de civilización donde la gente que vivía en casas apartadas en las costas, iban a pasar los fines de semana, a tomar cerveza, escuchar blues y no regresar hasta el día siguiente. Gabrielle caminó las calles, sin darse cuenta de que el destino a veces juega tanto con los seres humanos que los hace llorar y los distrae, para cegarlos del rededor, sólo por diversión. El destino hace que dos personas se pierdan, buscándose una a la otra, aún estando en el mismo perímetro. Los cruza en la misma calle, los hace mirarse en la esquina de los ojos, distraerse por el amigo que grita el nombre de él, el claxon que la asusta a ella por caminar atravesando la calle, cuando debería estar atenta a aquel hombre, de unos dos años mayor que ella, pasando la acera. Las dos personas siguieron sus rumbos, estafados por la suerte echada, segundos de retraso o adelanto, una equivocación en el guión. Gabrielle no pudo llegar mucho más lejos en el regreso a casa, sus bolsillos se acabaron de un momento a otro. Así que no tardó mucho en estar sirviendo comida rápida y recogiendo buenas propinas por su sonrisa.

Gabrielle III

Parte III

A partir de entonces, Gabrielle comenzó a  cambiar y ver el mundo como un sinfín de tragedias, donde ella no cabía junto con ningún final feliz. No convivió con la crueldad mano a mano, pero su esperanza en un lugar en armonía, sin problemas ni guerras ni calentamiento global, ni discusiones, se fue apagando cuanto más veía de los hombres. Olvidó su pasado, sin importarle su futuro. Lo único que tomó era el preciso momento en el que vivía, mientras sus sueños e historias imaginadas se guardaron en algún resguardo de su mente, esperando.

Este rincón guardado de la pequeña esperanza en la humanidad fue lo que le permitió conseguir un empleo de periodista. Comenzó a escribir las fatalidades y crisis del mundo, siempre terminando con una luz, casi invisible, que representaba la esperanza de muchos en los errores propios y ajenos. En eso destacaba, aunque su sección favorita fue siempre la de “eventos olvidables”, al final de todas las demás, con letras pequeñas, para que sólo los interesados pudieran leerlas. “Un elefante murió dando a luz en Tailandia”; “Nace un bebé con tres brazos”. Le hacían recordar que cualquiera puede convertir el destino de un artículo aburrido en un interesante escondite en el diario.

Gabrielle hubiera podido vivir así hasta siempre, pero una noche de invierno soñó con él de nuevo. Recordó su sonrisa, sus harapos, la manera que tenía de ver la vida que ella no podría poseer nunca. Lo vio tal y como aquél rincón guardado en su cabeza lo recordaba. Y eso bastó para volver con él. Regresó al gran árbol en aquél otoño, todas las hojas rodeándola con el viento. Las manos de él empujándola en el columpio y las rosas inundando su nariz. No recordó en ese momento que Mathew era una ilusión, sino que lo sintió su mejor amigo desde siempre.  

Entonces el impulso de volver a aquel lugar la dominó y la arrastró hasta el columpio, viejo pero resistente aún. Trató de balancearse, dudando si habría crecido lo suficiente para soportar aquello, no sólo físicamente. No sabía cómo reaccionar si Mathew aparecía de repente, como aquella tarde, hace varios años. Gabrielle detuvo el columpio, siguiendo la repentina orden de su memoria. “Espera”, se dijo a sí misma. Recordó todo entonces, su cumpleaños, el vestido rojo, chocolate y una larga siesta…un sueño. Aún así, nunca dejó de creer que él existía y que sabía que Gabrielle existía también.

Miró a su alrededor, se volvió a sentar en su columpio y su vida pasó flotando lentamente a través de su cabeza. Se dio cuenta de su alma inocente corrompida por la crueldad del mundo, lloró al recordar la tierna sonrisa que, desde su infancia, no lograba volver. Por primera vez en muchos años, se miró a ella misma y no le gustó lo que veía. Eso era lo único que le quedaba, los sueños de su pasado. Así que se aferró a ellos, para no dejarse soltar y caer en el vacío.

“Si la gente no siguiera sus impulsos, el mundo sería muy diferente”, pensó Gabrielle cuando despegó el avión que la llevaría al desierto donde había sido encontrado Mathew. Tenía que empezar por algo y decidió seguir el único hecho real que conocía. La palabra “real” ahora significaba muchas más cosas para ella.

Gabrielle II

Parte II

Mathew despertó debajo de un pequeño bosque que había mojado su ropa y sus músculos congelados apenas lo dejaron levantarse de la hierba. Salió de entre los árboles y admiró los pocos rayos de sol que iluminaban las hojas marchitas del otoño. Dio media vuelta y caminó de regreso, sin que pudiera salir de su cabeza aquella siesta y el sueño que había tenido, sobre todo, a quien había conocido en él.

Cuando Gabrielle abrió los ojos, se encontraba cubierta por la noche y algunas mantas. Volvió a cerrarlos, pero no pudo ver de nuevo a aquel niño que le había fascinado tanto. Sólo pudo llorar en silencio por haberse dado cuenta que sólo había sido un sueño. Pensó en lo maravilloso que hubiera sido tener a un amigo como Mathew, lo que logró solamente más llanto.

 

Algunas semanas y pocos días después, Mathew decidió volver al árbol del columpio, para comprobar la posible realidad de una fantasía. Pero el columpio se balanceaba solo, agitado por el viento. Miró a lo lejos una casa al pie de la colina y sus piernas ni siquiera dejaron a su cabeza meditarlo. La elevación no ayudó en absoluto y Mathew cayó varias veces, golpeándose y hasta sangrando. Pero nada lo detuvo, hasta llegar a la puerta roja de la casa. Desafortunadamente para él, no fueron ninguno de los previos obstáculos los que impidieron que viera a su amiga, sino el vacío de la casa. Después de una docena de golpes a la puerta, algunos a las ventanas y un par de gritos, se dio cuenta de lo irreal que había sido su ilusión. Aunque seguía estando seguro que Gabrielle existía y de que él la conocía desde antes de dormir aquella tarde, la casa inhabitada le recordó su locura al venir hasta acá, burlándose.

Lo que Mathew no sabía era que una semana después de su sueño fusionado, los padres de Gabrielle decidieron mudarse a la ciudad. Pensaban que su pequeña ya había vivido una infancia tranquila en el campo, lejos de las corrupciones de la humanidad y era tiempo de que conociera el mundo exterior. Después de suplicar lo contrario y derramar lágrimas inútiles, Gabrielle empacó toda su ropa, sus libros y algunas muñecas. Partieron en seguida y la niña no tuvo tiempo de despedirse de Mathew, ya que planeaba ir al columpio a tratar de hacer realidad su sueño.

Sep. 7th, 2009

Gabrielle I

Parte I

El nublado cielo cubría un gris paisaje, del que era notoria una pequeña elevación. En la cima de la colina, donde sólo el viento pasa, un gran árbol dejaba caer sus últimas hojas. El otoño había dejado las ramas secas que se vislumbran cuando el sol se pone detrás del árbol a las seis de la tarde. De una rama gruesa, colgaba un columpio y sentada sobre éste estaba Gabrielle. Sus rizos paseaban entre su cara y su nuca, mientras el columpio subía y bajaba. El vestido rojo que estrenó para su cumpleaños seguía impecable, tal y como su madre se lo entregó.

Alguien observaba a la niña y notaba que los pensamientos de Gabrielle estaban en todas partes excepto donde ella se columpiaba. Alguien la miraba con curiosidad.

A la débil voz de su madre, Gabrielle regresó al mundo donde vive su cuerpo y corrió hacia ella. El aroma a rosas la inundó al entrar a sus brazos. Juntas, comenzaron a correr y dejaron al césped húmedo acariciar sus pies. Tropezaban y las risas las levantaban de nuevo. La forma como ondeaban los vestidos inspiró a quien las veía, desde lejos. Aquél forastero, escondido entre los árboles seguía pensando en Gabrielle y la magia con la que lo hizo querer volar hacia ella y decirle una palabra. El pequeño extraño se recostó en la hierba, mientras la lluvia comenzaba a besarle la cara.

Gabrielle llegó a tiempo para no arruinar su vestido con la lluvia. Se recostó cerca del fuego, innecesario para el propio calor dentro de ella. Aún no era tarde, pero parecía que las llamas la hipnotizaban y jalaban sus párpados a cerrarse. Ella no quería dormir, pero algo la forzó e imaginó que tal vez alguien, en algún otro lado lejos de ahí, también estaba perdiendo la misma batalla en ese momento.

Esa tarde, dos niños en dos partes del mundo no muy lejanas, tuvieron el mismo sueño. Se dice por ahí, que cuando dos personas caen dormidas al mismo tiempo y comparten una fantasía, se conocen el uno al otro dentro de ellos mismos. Así fue como Gabrielle conoció a Mathew.

Comenzó en su árbol, el cual ahora rebosaba de hojas; justo comenzaba la primavera. El viento bailaba y arrastraba hacia ella el perfume de las rosas de su madre. Al verde no se le había escapado ni un solo rincón. Gabrielle reía, hasta que vio acercarse a lo lejos un niño. Le calculó unos dos años más a su propia cuenta de vida. Aún así, parecía perdido, no veía ni a dónde iba ni por donde caminaba, por lo que a Gabrielle no le sorprendió oírlo gritar, maldiciendo a algún bicho. Corrió hacia él, pero el niño se paralizó al momento de verla acercarse. Sólo pudo pensar en la niña que había visto casi volar en el columpio, era la misma que ahora estaba ahí con él, ofreciéndole su ayuda. Se presentó como Mathew. Gabrielle se sonrojó y en seguida le preguntó qué hacía en su sueño. Así comenzó la pelea acerca de quién era el dueño del mundo en el que estaban. Hasta el momento que decidieron que tal vez era un sueño compartido. Entonces Gabrielle comenzó a platicarle su vida a Mathew, acerca de su casa al pie de la colina, el chocolate caliente que seguramente la esperaba al despertar y las rosas junto a la ventana. Mathew lo veía, al tiempo que los rizos de Gabrielle saltaban cada vez que él empujaba el columpio, ahora repleto de flores. Ella lo miró fijamente por primera vez y se dio cuenta de sus andrajosas ropas y la suciedad en su piel. Le preguntó por su propia familia y un silencio de muerte invadió al mundo, los árboles dejaron de cantar con el viento y no hubo otro sonido más que la voz de Gabrielle susurrando dos palabras de consuelo. Mathew sólo le dijo que sí tenía familia, no como cualquier otra, pero una banda de gitanos que vagan enseñando al mundo sus artes, es mejor que un huérfano abandonado en un orfanato en medio del desierto, lugar donde lo encontraron. Le contó lo horrible que era ese lugar y cómo nunca volvió a extrañar el calor ni la arena después de salir de ahí.

Podrían haber jugado por siempre dentro de ese mundo, donde ninguno sentía nada excepto la paz del aire y la caricia de las flores bajo sus pies. Pero fue sólo un sueño, y de repente, sin aviso alguno, la luz solar comenzó a difundir lentamente las flores y el cielo se tornó oscuro.

Continuará.

 

Sep. 6th, 2009

pain.

Se respira una bruma oscura, que se instala en mi pecho, oprimiéndolo, mientras tu recuerdo permanece.

Sep. 1st, 2009

somewhere a clock is ticking...

tic..tac..
and it gets louder and louder.
tic.                                                                    tac.
under the moon, under those eyes... tic
under the microscope. 
tac.

remember & forget

remember the WoRds.
the bad looks.      
remember the :smiles).......
tic
tac
breath. come back.
breath and get a walk. watch the sky and tell me..
is that clock still ticking next to your ear
?
wait. a bird. the city. music. the tic, yes.
oh, yes, the tac.
very hidden, is the answer. just find it.
under the tic tac.
under the smiles.
under your photograph.


Jul. 1st, 2009

july 1st. 1o de julio

the memories will never fade away. you will be always inside of me, next to my heart.
if i could speak to you now, i know you'd say you love me.
& i'd tell you "it's gonna be ok, i'll miss you everyday but i'll remember you
as the past show your smile in my memory".
there's nothing like this, because there will be never someone like you.
i'll just think of you as the great person you always were.
i love you.
.............................................................................................
los recuerdos nunca desapareceran. siempre estaras dentro de mi, junto a mi corazon.
si pudiera hablarte en este momento, se que tu dirias que me quieres mucho.
& yo te responderia "todo va a estar bien, te extrañare, pero te recordare
como el pasado graba tu sonrisa en mi memoria".
no hay nada como esto que siento, porque nunca habra alguien como tú.
sólo pensaré en ti como la gran persona que siempre fuiste.
the quiero.

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